Una noche de San juan

Era una noche mágica de verano, justamente el día de san juan, la ciudad ardía con hogueras por la playa, todas las personas felices, bailando, pidiendo sus deseos.
Ahí estaba yo, entre tantas personas pidiendo mi deseo, con mi mejor amiga, hicimos una larga caminata hasta la playa, escuchamos música y nos animamos con bebidas espirituosas hasta el punto que después de la medianoche queríamos que esa noche mágica no acabara todavía, así que fuimos a la ciudad, a un bar ingles que sabíamos que estaría abierto.
Y fue con la primera copa que se me cruzo en mi camino, realmente su amigo me hablo porque quería conocer a mi amiga, así que después de las miradas pertinentes de afirmación y unas cuantas sonrisas ya estaba todo hecho, después de sentirme satisfecha por mi ayuda a cupido lo vi, estaba ahí, con el grupo, sonriendo y mirándome tentadoramente diciéndome que él también quería contribuir con cupido y que su aporte seria hacerme compañía ya que me amiga estaba ocupada.
La verdad, entre la luz tenue del bar, el alcohol en mi sangre y lo feliz que estaba por mi amiga, no me había fijado mucho en él, solo en su sonrisa y su mirada tentadora, luego pude percatar que se movía bien, muy bien, ya ahí empezó mi interés.
Al cerrar el bar seguíamos con ansias de que la noche no se acabara, así que fuimos a una casa los cuatro a continuar la fiesta, era perfecto, como si nos conociéramos todos de toda la vida.
Fue ahí, al amanecer, cuando pude contemplarlo completo, con detalle, cuando cupido vino contra mí, apenas nos mirábamos salía chispas por todo el piso, había una energía increíble, que era casi sólida, perceptible para el ojo humano.
La conversación era absolutamente sabrosa, si, sabrosa como un helado de chocolate, esas conversaciones que te hacen agua l boca, esas conversaciones en la que no puedes dejar de mirar la boca de otro. Hasta que se acaba… y puedes probar, sumergirte en un beso profundo, real, encantador, que supera todas tus expectativas y todos tus deseos hechos a san juan.
Como era de esperar, no queríamos que acabara, además mi flechazo era de otra ciudad, se iba en dos días, así que de ahí nos fuimos a la playa, y entre las olas, entre la arena, entre amigos, todo seguía siendo mágico, como tan natural, podía saber que estaba pensando con mirarlo, eran unas ganas increíbles de tocar ese cuerpo que brillaba perfectamente bronceado y formado bajo el sol, de no despegarme de esos labios carnosos que te tentaban a morderlos.
Ese día llegue a casa y ni el agua fría de la  ducha podía enfriar mis ganas, sentía que ardía de deseo por seguirlo viendo, por saber todo de él, quería encerrarlo en esa isla y que pudiéramos vivir ese sueño por siempre, sin volver a la realidad.
Esa noche nos volvimos a ver, de hecho casualmente en un bar que mi amiga y yo frecuentábamos, apenas nos miramos saltaba la magia, la chispas podían encender en fuego todo el bar, pero lo disimulamos a puntas de sonrisas, de bailes sensuales, dejando que la música nos guié para retener lo que sentíamos, sin dejar de mirarnos, no teníamos que hablar, sabíamos que queríamos, cuando retomábamos un poco la compostura haciendo una pausa para que un cigarro nos volviera a la realidad, podíamos hablar como amigos, como confidentes, creo que sabía más de mi vida que cualquiera que me conoce, porque  en ese fin de semana me abrí totalmente sin miedo a la vulnerabilidad, porque más que un príncipe en caballo era como Aladino saltando por los techos.
Se acabó el fin de, se acabado el sueño, el regreso a su realidad y yo a la mía… pero sabíamos que no podía acabarse así…






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