Érase una vez un hada que vivía en Galeón, una colmena muy colorida, llena de gente, de flores, de cosas buenas y cosas malas.
Macbeth se llamaba la pequeña hada. Era muy joven y hermosa, tenía una luz especial que dejaba un brillo por donde pasaba, lo cual hacía que fuera imposible olvidarla.
Ella siempre estaba rodeada de hadas, duendes, animales y otros seres mágicos, muy pocas veces estaba sola; pero cuando lo estaba, le encantaba husmear sobre los humanos, se escabullía para observarlos, ver su comportamiento y su divertida forma de hablar.
Muchas veces recolectaba objetos de los humanos y se los llevaba a su amigo Talud, un roble muy viejo y sabio, al que visitaba desde muy pequeña, porque le contaba grandiosas historias, le guardaba sus objetos misteriosos y nunca le exigía nada a cambio.
Talud era el único q conocía el verdadero dolor de Macbeth. Detrás de esa alegría que siempre emanaba, se sentía muy triste por que, aunque nadie podía olvidarla, ella no podía recordar a nadie por mucho tiempo. Cuando pasaba muchas lunas con alguien y le empezaban a exigir cariño, amor o algún sentimiento afín, simplemente la persona se iba borrando lentamente de su mente.
Pocas criaturas de su colmena sabían eso, por eso la veían como un hada un poco fría y distante; pero como ella era tan dulce y alegre, nadie reparaba mucho en eso. Al final, ella los trataba a todos con cariño y respeto y eso era suficiente para la mayoría.
Claro que no todos eran así, algunas hadas y silfos que habían pasado mucho tiempo con ella o habían vivido momentos especiales, se sentían dolidos y desilusionados cuando ella los trataba con la misma alegría y dulzura que a todos los demás… sin ninguna distinción especial.
Balia era una de ellas, tenían siglos siendo grandes amigas y para Balia no era suficiente el cariño de Macbeth, por eso trataba de mantenerse alejada. Sin embargo, esto era muy difícil con esta pequeña hada. Ella llenaba todo de tanta luz y alegría que a la propia Balia se le olvidaban todos los errores y seguía junto a ella.
Balia y Macbeth compartían el gusto por los misteriosos humanos. A Balia le encantaba ver sus objetos y jugar a descubrir cuál era su utilidad. Sin embargo, le daba mucho miedo verlos, por eso nunca acompañaba a Macbeth cuando salía de la colmena y se adentraba en el bosque a buscarlos.
Pero ésta no era su única diversión. Ambas eran muy populares por ser buenas bailarinas y divertidas, eran el alma de la fiesta en todas las reuniones de la aldea y tenían muchos admiradores, sobretodo Macbeth que, por ser tan dulce y hermosa, tenía una colección de corazones rotos. Ella no trataba mal a ninguno pero tampoco le prestaba más interés a nadie en particular.
Austro era uno de sus admiradores, de hecho, él y Macbeth pasaban mucho tiempo juntos, hacían paseos en caballitos de mar por la laguna, volaban hasta el tope de los árboles, bailaban al son de los grillos y se escondían entre las flores para hablar por horas.
Pero Austro nunca pudo conquistar su corazón, después de algunas lunas, Macbeth se olvidaba por completo de todo y era como si nada hubiera pasado entre ellos. Austro se molestaba mucho por esta situación, pero no había nada que pudiera reclamar porque ella nunca le había ofrecido ni prometido nada.
Macbeth se sentía muy triste porque sabia que hería a muchas personas, pero le era imposible sentir algo por alguien y además no podía decirle a nadie su secreto porque parte del hechizo que Meg, la bruja malvada, mitad hada y mitad tigre, le había puesto hace ya muchas lunas. Éste consistía en que si revelaba a alguien su maleficio, esta criatura se convertiría en arena y sólo Talud lo sabía porque había presenciado ese terrible día.
Macbeth estaba entrando en la edad adulta cuando Meg la encontró una noche de luna llena, jugando con un hongo verde y hermoso que encontró en el bosque. Era Homut, el hongo que da la belleza eterna y una luz fantástica a los seres mágicos. Meg lo había escondido durante milenios para sólo ella poseer esa magia y cuando vio que Macbeth lo había encontrado, se puso furiosa y le lanzó el maleficio. Luego como si nada hubiera pasado, se puso a limpiar a Homut con esmero. Mientras, Macbeth corría llorosa y desolada. Cuando llegó a donde Talud, éste le advirtió que nadie podría saber acerca del maleficio, pero macbeth que sólo era una pequeña niña asustada, corrió hacia donde estaban sus padres a contarles lo sucedido y ante su gran asombro después de terminar la horrorosa historia vio como sus adorados padres fueron convertidos en arena.
Desde ese día tuvo que cargar sola, tanto con la maldición como con la magia otorgada por Homut. Esta maldición le causó dolor durante mucho tiempo y la hizo estar muy sola.
Durante las 3 ó 4 lunas siguientes, Balia y Macbeth compartieron muchas cosas juntas e hicieron un viaje en lagartijas adentrándose en el bosque cerca de los humanos.
En su viaje hubo mucha conexión entre ellas, se divirtieron mucho haciendo competencias de lagartijas y hasta montaron juntas una gran Pitón.
Cuando estuvieron cerca de una pequeña casa con cuatro humanos adentro, decidieron (después de pasar dos días observándolos) que iban a entrar a la casa. Entraron por una de las ventanas y se sintieron maravilladas de todo lo que encontraron adentro y por lo grandes y ruidosos que eran los humanos.
Maravilladas con todo lo que estaban viendo a su alrededor, no notaron que uno de los humanos, el más pequeño de todos, las estaba observando y cuando intentó agarrarlas, ambas salieron volando y decidieron que era mejor regresar a la aldea.
Las dos hadas salieron a toda prisa, muertas de risa a esconderse en una cayena rosada que estaba cerca. Cuando estuvieron seguras dentro de la cayena, Balia le dijo a Macbeth que la consideraba su mejor amiga y que no entendía por qué en ocasiones la trataba tan distante. Después de esto se dieron un gran abrazo y se durmieron.
A la mañana siguiente Macbeth amaneció alegre y distante y le dijo q balia que prefería regresar volando sola en vez de viajar en la Pitón como habían planeado antes. Balia se sintió muy molesta y desilusionada y le dijo que sería la última vez que iban a estar juntas. Macbeth le dio una amplia y sincera sonrisa y se fue a volar.
Esa fue la última vez que Macbeth y Balia estuvieron juntas.
Macbeth sintió un gran vació durante todo el viaje, pero no sabía qué era, ni qué significaba eso.
Al regresar a la aldea, intentó buscar a Balia para cocinar juntas pero ésta la ignoró. Macbeth no le dio importancia y siguió su vida con la tranquilidad y la alegría a la que estaba acostumbrada.
Macbeth tenía muchos pretendientes. Sin embargo, como todos sabían lo distante que podía ser, ninguno la tomaba realmente en serio.
Sabían que enamorarse de ella era muy peligroso porque siempre, después de unas cuantas lunas los trataba con desinterés.
Esto no incomodaba a Macbeth, por lo menos no siempre. Pero habían días, en los que se sentía muy triste al saber que no tenía a nadie a su lado, nadie especial que la comprendiera y la acompañara siempre.
En esos momentos se sentía muy sola y hasta rara porque no podía tener lo que las otras hadas normales tenían.
Talud la consolaba y le decía que debía buscar la forma de romper el hechizo, pero Macbeth tenía mucho miedo de volver a sentir; su último recuerdo era el dolor que sintió cuando vio a sus padres desvanecerse y pensaba que si conseguía el antídoto para romper el hechizo podría volver a sufrir de esa manera, así que prefería vivir sin sentir nada.
Así, Macbeth pensó que la mejor manera de darle fin a su sufrimiento era irse de la aldea y convertirse en un hada nómada, viajar y conocer personas distintas, sin establecerse en ningún lugar, así no se haría daño ella ni a nadie.
Solo se despidió de Talud, el cual se puso muy triste con la partida de su mejor amiga, pero sabía que era lo mejor para ella, así que le dio un pedazo de él para que la acompañara durante todo su viaje y le hizo prometer que algún día regresaría a visitarlo.
A la mañana siguiente, Macbeth partió a conocer su destino, sin tener ningún rumbo fijo. Voló y voló hasta quedar exhausta, como ya había oscurecido decidió buscar refugio en una azucena que se encontraba en el bosque, al despertar se dio cuenta que estaba rodeada de sapos. Habían miles de sapos agrupados alrededor de la azucena esperando que ella se despertara.
Cuando entró en razón después del susto de verse rodeada de tanta cantidad de esos divertidos animales, los saludó alegre y cordialmente.
Y fue muy bien recibida por la comunidad de sapos, le trajeron un banquete especial lleno de miel y polen de muchas flores distintas y se congregaron todos a escuchar la historia de cómo había llegado hasta ahí. Ella resumió la historia diciendo que sólo era un hada fugada de su aldea que quería conocer el mundo.
Así los sapos le fueron enseñando su comunidad, sus costumbres y sus diversiones. Todos los sapos querían su atención y la atiborraban mostrándole sus cualidades, como cuál era el sapo que más insectos podía agarrar con su lengua, o cuál la estiraba más. hacían competencias para ver quién daba el salto más largo, en fin, hicieron de su estadía en su comunidad algo muy divertido.
Pero hubo un sapo en especial que si logró llamar su atención. Se llamaba Frogke, era un sapo muy hiperactivo y alegre, daba los saltos más largos y pasaba el día haciendo piruetas y trepándose por todo lo que se le cruzara en el camino. A Macbeth le divertía mucho su compañía, pasaban largos ratos hablando de lo que pensaban de la vida y los sentimientos. A ella le encantaba conversar con Frogke porque él tenía una teoría de vida distinta a la que tenían todas las otras criaturas que conocía, simplemente quería conocer cosas nuevas, y andar por la vida sin preocupaciones ni problemas. Como eso era justo lo que ella quería en ese momento, se llevaron muy bien y pasaron muchos momentos juntos durante su estadía en la comunidad de sapos.
Sin embargo, el compartir tanto hizo que Frogke empezara a enamorarse de Macbeth, lo cual no sólo estaba mal visto para la comunidad de sapos si no que también afectaba a Macbeth por su hechizo, así que al día siguiente que Frogke le confesara su amor, Macbeth se despidió amable y cordialmente de toda la comunidad y partió, sin dar más explicaciones.
Mientras continuaba su viaje, se sentía un poco vacía y ella ya conocía muy bien esa sensación.
Su viaje continuó de manera divertida y ligera, conoció muchas aldeas, nuevos amigos, pero en ningún sitio se quedó lo suficiente para relacionar sentimientos con nadie.
En una de las colmenas donde se posó, se encontró con Austro, su gran amor de la aldea. Cuando se vieron, se emocionaron mucho y se dieron un gran abrazo. Pasaron todo el día juntos, hablando, paseando por el río y danzaron al son de los pájaros y las chicharras hasta la media noche. Antes de irse a dormir Austro se despidió con un gran beso y le dijo cuánto la extrañaba. Macbeth sólo pudo responder con una sonrisa y una lágrima que corría por su mejilla.
Al día siguiente se despertó muy temprano y siguió su viaje con el mismo vacío que tanto la atormentaba.
Macbeth se encontraba posada en un rosa vislumbrando uno de los más hermosos atardeceres que había visto, cuando un silfo llegó volando rápidamente y se sentó junto a ella sin decir más nada.
Cuando ella le preguntó quién era y por qué se sentó a su lado el sólo le dijo que su nombre era Xion y que estaba contemplando el atardecer.
A la pequeña hada le encantó la simplicidad de su respuesta y observaron juntos por largo rato, el maravilloso espectáculo.
Cuando anocheció, Xion le deseó buenas noches y se fue a dormir a una de las rosas cercanas. Al día siguiente, cuando ella despertó, el misterioso silfo estaba dándose un banquete con miel y agua de rocío. Macbeth se acercó y desayunaron juntos, conversaron sobre sus respectivas travesías y se dieron cuenta que ambos estaban en lo mismo, viajando sin rumbo fijo para conocer y experimentar cosas nuevas.
Ese día ambos exploraron el lugar y pasaron la tarde jugando en el río. Se divirtieron mucho y se dieron cuenta que tenían varias cosas en común. Cuando hablaron de cuál sería el próximo sitio al que irían, Xion le propuso a Macbeth viajar juntos. Aunque ella no estaba muy convencida de que fuera la mejor decisión, el misterioso silfo tenía una mirada que la cautivaba y no podía negarle su petición.
De esta manera emprendieron sus viajes juntos, pasaron por playas hermosas, conocieron genios, gnomos y muchas otras criaturas.
Mientras más tiempo pasaban juntos, más afinidad había entre ellos. Xion nunca le exigía nada, al contrario le parecía fascinante la forma en que ella despertaba algunos días tratándolo con la misma calidez de siempre pero con un soplo de frialdad. Macbeth como no se sentía presionada ni requería dar explicaciones, estaba feliz y colmada.
Como ambos eran muy divertidos y sociables nunca tuvieron problemas en ninguna de las colmenas que visitaban. Macbeth contaba graciosamente su historia con la colmena de sapos y Xion relataba heroicas historias de cuando fue curandero en su colmena.
Así, pasaron muchas lunas juntos recorriendo distintos paisajes, visitando y conociendo cosas nuevas, y mientras más lunas pasaban, más magia existía entre ellos. Ambos se gustaban tal cual eran y disfrutaban inconmensurablemente de la compañía del otro.
Una noche donde ambos danzaban alegremente bajo las melodías de los grillos, junto con un grupo de gnomos que celebraban la luna llena, cayó muy cerca de ellos una estrella fugaz. era hermosa, brillaba fuertemente y todos los gnomos gritaban que era el momento de pedir el deseo que más ansiaban en el fondo de sus corazones.
Macbeth y Xion se agarraron de manos, cerraron los ojos y pidieron su deseo.
Bajo el asombro de todos los que los rodeaban bajó una hermosa mujer, con el cabello muy largo, de un verde que recordaba los bosques más frondosos y vestida con un traje de exóticas frutas. Emanaba un brillo sorprendente y cegador, se poso junto a Macbeth y le sonrió. Ésta, maravillada y sorprendida simplemente le devolvió la sonrisa. La bella mujer, le dijo que era Sumeria, la diosa y madre de la naturaleza y, que había venido a decirle que su hechizo había sido roto.
Cuando Macbeth pudo salir de su sorpresa y le preguntó el por qué justo en ese momento se había roto el hechizo, la madre naturaleza le contestó que no había sido obra de ella, que el único antídoto para romper el hechizo que Meg le había puesto era un amor sincero y puro. Le explicó que cuando el amor es de esta forma no hay nada que exigir, ni que cambiar, la comprensión, el respeto y la confianza fluyen solos. Se da cuando encuentras al ser que te ama por ser quien eres, que te admira y respeta con tus cualidades y defectos, que te conoce tanto, que no le hace falta pedir explicaciones, que te acompaña en tus travesías y te apoya en todas las circunstancias.
Macbeth estaba tan feliz, que no podía dejar de llorar, corrió hasta a Xion y le agradeció con un apasionado y sincero beso, mientras Sumeria saludaba y festejaba junto con los gnomos, los cuales estaban fascinados con todo lo ocurrido. Después de mucho tiempo de danzas y agasajos, Sumeria se despidió y todos los gnomos se fueron a sus casas a dormir, despidiéndose cariñosamente de Macbeth y Xion.
Macbeth, un poco menos conmocionada le explicó a Xion todo lo del hechizo y lo agradecida que estaba por haberlo encontrado y hacer posible que el hechizo se rompiera. El sólo la abrazo y le dijo que pretendía seguir acompañándola por siempre.
Así mismo, al amanecer ambos partieron, rumbo a Galeón, la aldea de Macbeth, a la cual habían decidido regresar para que fuera Talud quien los uniera con los lazos mágicos.
Después de varias lunas, llegaron a Galeón, todas las hadas y silfos estaban sorprendidos y felices de ver de nuevo a Macbeth. Esa noche les explicó a todos lo de su hechizo y les pidió disculpas por la forma en que los trató y por partir sin despedirse.
De esta forma, Balia comprendió el comportamiento de su amiga y se disculpó con ella.
A la mañana siguiente todos se reunieron alrededor de Talud, quien estaba inmensurablemente feliz de poder unir con el lazo mágico a su querida amiga Macbeth y su compañero Xion. El ritual se hizo de forma alegre y majestuosa, seguido de una fiesta que duró toda la noche.
De esta manera Macbeth, el hada que no podía sentir, sintió las emociones más fuertes y lindas que nunca hubiera imaginado, junto con Xion quien la acompaño y amó durante lunas y lunas.
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